Hay una Roma para pasear tranquilos y otra para fotografiarse con la camiseta del Barça | 19 mayo 2009

Roma es la ciudad eterna, ciudad de césares y papas, de atardeceres únicos, de piedras milenarias que viven incrustadas en la vida de cada día. Roma es una ciudad que fue la capital del mundo, la urbe que conquistó el orbe, pero sigue siendo el pueblo donde la loba amamantó a Rómulo y Remo, a donde llegó el héroe Eneas, huyendo de Troya, para fundar lo que había de ser un imperio. Ninguna ciudad en el mundo podía ser mejor escenario para la final más deseada, para el gran duelo en la cumbre entre Barça y Manchester. En la estación de trenes Termini, la más concurrida de Roma, se expone un Coliseo hecho con 1.500 botellas de cerveza, a escala, de 3 metros y medio de diámetro y con una altura de 1 metro y medio. Es el espectacular anuncio de Heinecken, patrocinadora de la Champions, y reza, en números romanos: “XXVII-V-MMIX. La Storia si decide a Roma”. Es decir: el 27 de mayo del 2009, la historia se decide, como se ha decidido a lo largo de tantos siglos, en Roma.

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Pero antes de abandonar los alrededores del Stadio Olimpico permítanme la primera sugerencia. Acérquense al Ponte Milvio, que está muy cerca (hacia el Norte, el primero, siguiendo el curso del Tïber) y que tiene, como casi todo en Roma, un montón de historia a sus espaldas. Fue por aquí donde el emperador Constantino libró en el siglo IV una de sus batallas decisivas, justo antes de abrazar la fe cristiana. ¿Han leído ‘Tengo ganas de ti'? Es una novela romántica de Federico Moccia que ha causado furor entre los adolescentes. Una pareja de enamorados sellan su amor eterno con el símbolo de un candado que colocan en el farol de un puente. Luego lanzan la llave al Tíber. Todo eso es ficción, pero resulta que se ha convertido en realidad. Los lectores y las lectoras de Moccia han inundado el puente de candados de tal manera que las autoridades han tenido que reforzar los faroles para que no se caigan. El puente es justamente el Milvio, y se trata de un auténtico espectáculo multicolor y extracursi que pueden observar o en el que pueden participar, si quieren y les dejan, y si están muy, pero que muy, enamorados.

Cerca del Stadio encontrarán unos chiringuitos que dan al Tíber con el pomposo nombre de “paninoteca”, es decir, algo así como un templo de los “paninis”, los bocadillos calientes italianos. También venden bebidas frescas. Me imagino que el día de la final estarán hasta la bandera, pero paseando por el “Lungotevere”, la avenida que resigue los recovecos del río y que adopta distintos nombres según la zona, se relajarán. Eso sí, vayan preparados para el polen de los plátanos y para los mosquitos. Para ir o para volver del Estadio, me atrevo a recomendarles que vayan a pie. O, como mínimo, que se den un garbeo, en coche, moto o autobús, hasta la Piazza del Popolo, el primer referente de categoría con que se van a encontrar. Está a los pies del Pincio, la colina romana que acoge los jardines y la Galeria Borghese, con al menos un Bernini que les dejará estupefactos. Es “El rapto de Proserpina”: un mármol en el que se nota, como si las estatuas fueran a respirar, el tacto de unos dedos masculinos sobre una pierna femenina. Llorarán de emoción. Pero no les quería hablar de los Bernini ni de los Caravaggio de Santa Maria del Popolo. No.

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